Parques Botánicos en Chile
En Chile, Claudio Gay dedicó 134 hectáreas de la Quinta Normal de Agricultura
para iniciar en 1830 nuestro primer Jardín Botánico. En 1853, R.A. Philippi
organizó allí un gran invernadero a la manera europea , con cúpula de cristal. Igual
cosa ocurrió en el resto del país. En pequeños palacios de vidrio empavonado se
abrían las flores bulbosas de nuestros nardos rosados.
Siguiendo la moda de los jardines botánicos del siglo XVIII comenzaron a
diseñarse en Chile, durante el siglo XIX, los grandes parques con árboles traídos
de diversos países. Famoso es el de Lota, mirando el mar, con litres, can elos,
araucarias, molles, pataguas, avellanos, hortensias azules y pavos reales sueltos
que abren sus colas en forma de abanico entre los grandes helechos y nalcas
salpicadas de lluvia.
Doña Isidora Goyenechea coleccionó en su parque una apreciable varieda d de
flora exótica, con su respectiva etiqueta escrita en latín anudada a cada tallo, Igual
cosa hizo doña Javiera Carrera en sus casas y jardines de San Miguel de El
Monte. Sus árboles todavía se conservan junto a la histórica fuente de los Cinco
Pesos.
En Viña del Mar es famosa la Quinta Vergara con sus magníficos árboles
plantados por doña Blanca Vergara para ornamentar su palacio de estilo gótico
veneciano.
En las afueras de la ciudad, está el Jardín Botánico en El Salto, llamado también
Parque El Salitre. Este parque fue creado por don Pascual Baburizza, de
nacionalidad yugoeslava, quien, enriquecido súbitamente por las minas del salitre,
ordenó plantar cedros del Líbano, acacias, fresnos y plátanos orientales para
lograr un parque de gran belleza nat ural. También, a la manera romántica,
distribuyó grutas estratégicas, paseos entre los árboles, puentes chinos, glorietas,
rosedales, estanques con flores de loto y lagunas con cisnes de cuello negro
traídos de Puerto Natales...
También es notable el Jardín de la familia Pümpin, en San Roque, Valparaíso, con
apreciable invernadero. A su dueño, solía vérsele en el Café Vienés, ostentando
en la solapa, como distintivo, una diminuta rosa natural de color solferino.
En Santiago, al pie de la cordillera, en Peñ alolén, existe el jardín de los Arrieta,
hoy Parque Arrieta, con escaños ocultos para mirar el crepúsculo.
Hacia el otro lado, en Lo Cañas, está el jardín de don Pedro Gutiérrez, dividido en
sectores: el Rincón de los Siete Canelos, La Cabaña del Tío Luci o, la Avenida de
las Palmeras, la Plazoleta de doña Agueda... Pasearse por este jardín, es respirar
belleza. Hay árboles autóctonos, tejos de España, helechos de la Isla de Juan
Fernández, varas de justicia, un campo de rosas blancas y una variedad de trei nta
y cinco fucsias diferentes. Estas flores, que en España se llaman “pendientes de la
reina”, son oriundas del sur de Chile y de Perú. En este hermoso lugar , que
pretende ser un modelo del jardín “chileno”, se admiran unas fucsias japonesas,
de pétalos rosados, y unas dobles, de color blanco y estambres plateados, que
verdaderamente, como dice el poeta Nicanor Parra, “parecen bailarinas”.
El hombre actual pareciera que siente una necesidad de árboles y flores. Padece
de una verdadera ansiedad vegetal. Ac aso porque tiene ansias de belleza o acaso
porque - es de temer- busca en vano, en forma inconsciente, el jardín del Paraíso
que sabe irremediablemente perdido.
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